domingo, 1 de septiembre de 2013

Becqueriana / 29


A veces el río se echa el chal sobre los hombros del puente que lo cruza. La corriente desaparece. La arena de la orilla. Los juncos altivos. Los sauces bonachones. Los reflejos. No queda nada en el paisaje, salvo la lana húmeda que el cielo olvida en el valle. Es como si uno cerrara los ojos. Pero los abre con las palabras. Sobre aquella rama que hace las veces de trampolín hay posado un mirlo. Una golondrina inicia un vuelo rasante para beber. No se ve nada y se ve todo. Como si el chal dejara los hombros al descubierto.