miércoles, 21 de febrero de 2018

Aquí y allá | Encuentros | EED


No podría afirmar que estaba contento con la plaza que me habían asignado, sin duda en Massachusetts hay mejores destinos, pero con el tiempo agradecí la tranquilidad y también el trabajo que me daba la señora Dickinson, de Main Street. Son harto descuidados los portes postales. Grasa, barro, hollín. A primera hora buscaba sus cartas y con un cepillo las limpiaba concienzudamente. Las aguardaba con anhelo. Eran su vida. No iba a entregárselas tal como llegaban, sucias y descuidadas. De hecho, lo hacía siempre en mano, para recoger las que ella enviaba. Antes que el de Amherst, era su cartero.

jueves, 15 de febrero de 2018

Aquí y allá | Encuentros | JAF


Abriste la cremallera de la mochila y extrajiste un libro. Bien, pensé. Acababa de levantarme para que accedieras al asiento de ventanilla. Volviste a introducir la mano y salió otro. Prevenido, añadí para mis adentros. No te quitaba la vista de encima, tú seguías a lo tuyo. Un tercero. Vaya, el viaje a Filadelfia resultará largo. Luego, un cuarto. Hay que cruzar el Atlántico, es cierto. Cuando apareció el quinto no sabía qué decirme. Fugitivo: no piensa regresar, se lleva la biblioteca consigo. Ante el sexto, Jesús, ya no pude reprimir algún triste tópico: ¿Es por si pinchamos una rueda?

domingo, 11 de febrero de 2018

Aquí y allá | Encuentros | FNP


Uma ginginha —oí a mi espalda antes de ni siquiera haber podido pronunciar una sílaba cuando el tabernero me preguntaba qué quería. De inmediato me di la vuelta con cara de ningún amigo y lo vi. Anteojos redondos, bigotillo ralo, rostro fino y algo desmejorado. Que sejam duas—gritó, aunque había entrado solo. Me dijo que se llamaba Ricardo o Alberto, quizá Fernando, ¿quién recuerda ya un nombre en el apelotonamiento de los días? Cuando nos las sirvieron, ofreció su copa para brindar. ¿Qué celebramos? —le pregunté. É horário laboral e no entanto cá estamos—y le brillaron los ojos.

miércoles, 7 de febrero de 2018

Aquí y allá | Encuentros | RPE


Rafael: aquel mediodía portugués en Troia ya estaba sentado cuando ocupaste la última silla de la mesa del costado. Y bebía el vino de una cooperativa del norte que parecía pisado en un lagar de la época de Livermoore. El de tu mesa, elegido por un entendedor que jugaba en campo contrario, era común. Al poco me preguntaste mi nombre y, agradecido, te serví una copa de la ambrosía. Mientras el tiempo se detenía para ti tras ese sorbo, el mío se estancaba escuchándote elogiarlo. Hicimos un gesto y juntamos las mesas que el vino y las palabras habían unido.

sábado, 3 de febrero de 2018

Aquí y allá | Encuentros | MCS


Al tiempo que tú lo alargabas estiraba yo el brazo para alcanzar la única jarra que la mesonera —¿Maritornes se llamaba?— había dejado entre los dos. Y junto al asa las manos, una tuya, Miguel, y otra mía, se rozaron, pero no para saludarse. A la vez retiramos el gesto y a la vez con un movimiento de cabeza nos cedimos, uno al otro, el pichel de vino. Me miraste y te miré. Teníamos la misma edad y nos habíamos sentado a la misma mesa. Los brazos descubiertos de la tabernera dejaron delante sendos platos grasientos de las mismas alubias.

martes, 30 de enero de 2018

Becqueriana / 128


Con frecuencia escribo poemas en verso. La métrica, sastrería de sonidos, requiere cortar las telas con precisión, reunirlas de modo que parezcan siempre continuidad y coserlas sin que las costuras resulten visibles. En ocasiones también escribo poemas en prosa. Es como nadar en una piscina en verano. Se puede cambiar de posición constantemente, flotar o hundirse no importa, tampoco saludar desde el agua. Uno se siente libre en el cuadrado de palabras para subir o bajar en busca del efecto de realidad o de las sensaciones de un sueño. Pero a veces prefiero escribir eternos poemas efímeros sobre la piel.

domingo, 28 de enero de 2018

# 580


Desde la ventana la luz susurra una monodia que resucita los objetos. Se deja seducir la lámpara apagada por la historia que le cuenta el libro que anoche se quedó abierto bocabajo. Un escalofrío recorre la columna vertebral de la cómoda cuando la cortina al moverse levemente la roza. Le cuchichea versos desconcertados a los arabescos de la alfombra el tulipán en su traje de porcelana. Se miran con disimulo el edredón azul que abriga y la marina en la pared que refresca. Las cosas se trenzan en el cuarto. Aunque nadie se dé cuenta o no lo quiera escribir.

jueves, 25 de enero de 2018

# 579


No es de nadie. Si alguien al paso le lanzara una mirada de las que colocan un libro en su estante, entre dos letras no consecutivas. Pero tampoco. Si se detuviera apremiado de improviso, tan atento a los símbolos como a la naturaleza. Ensoñaciones. Los lugares de nadie que he hecho míos no son de nadie. Rincón que solo reconoce el olfato de un perro cuya dueña se ha detenido frente a un escaparate un momento antes de estirar de la correa para alejarlo de lo que no existe. Extrañas posesiones las del recuerdo, tan aficionado siempre a los olvidos.

martes, 23 de enero de 2018

# 578


Está la vida que ocurre y la que no tiene lugar. A veces elijo esta. Ocurre, tal vez, igual que la que ocurre, pero no tiene lugar. Carecer de lugar libera a la vida de sujeciones. Ocurre, sí, pero en ningún lugar. En un lugar que carece de las condiciones que cumple el lugar para que en él ocurra la vida. Que está libre de estas condiciones. No sujeto a ninguna condición, dado que es un ningún lugar. Es esta libertad la que me hace preferir la vida que no tiene lugar a la que ocurre. Ambas igualmente frágiles. Efímeras.

domingo, 21 de enero de 2018

Maga Losnay, dietario # 577


El momento en el que la barca se detiene y mis dedos juegan con la superficie cristalina del agua, en el lago. El tiempo tiene solo esta dimensión. Como en su metáfora se mueve, paso a paso, se cree que va siempre avanzando. Pero su camino transcurre siempre por el lugar por donde ha pasado. Es incapaz de salirse de la esfera y trazar en la pared, o en la muñeca, o en el campanario, un recorrido diferente, un irse sin saber hacia dónde. Al contrario de este momento, que crea espacios en lo desconocido, construidos para vivir un presente.

viernes, 19 de enero de 2018

Pablo García Baena


Una pluma del ave que se aleja en el cielo y entre las nubes parece que se pierde cuando hace tiempo ya que los ojos no la ven. La que planea las corrientes de aire y se posa con delicada mano sobre el barniz de la madera. Una elegía. El ángel que queda en el aire cuando el ángel se ha ido. La elegía, Pablo, a la que dedicaste la revista que cantaba con voces de alabastro. La elegía, Pablo, de los objetos que El Baúl salvaba. La elegía, Pablo, de versos que garabateabas en el cinematógrafo. Ángel, pluma: Elegía.

miércoles, 17 de enero de 2018

Becqueriana / 127



En el libro de la tarde quedan escritos algunos poemas. El que trazan las ruedas de la bicicleta sobre la arena del camino con caligrafía menuda pero infatigable. El que dibujan en el cielo las nubes blancas en letra meditabundas. El que sueñan los vencejos con su grafía acrobática. El que componen los tejados de la aldea, a lo lejos, cuando la mirada se da la vuelta al oír las horas en el campanario. El que transcriben las hormigas en filas que ascienden por los muros con trazos geométricos. Cuando se quede la página a oscuras, los recitaremos de memoria.

lunes, 15 de enero de 2018

El cuenco sobre la mesa


El cuenco de porcelana que presta su imagen durante este mes de enero a la bitácora perteneció a Maria Gabriela Llansol. Hoy se encuentra sobre una mesa ante la puerta que da al patio, de donde toma la luz que refleja en su satinada textura. En la habitación dialoga de manera sorprendente con los cuadros que Ilda David ha dedicado a la escritora. Y todo ello en la casa del Campo de Ourique que guarda su memoria —los objetos (personajes también de sus libros), la biblioteca, la correspondencia y, en especial, la colección de cuadernos donde escribía a diario—.

sábado, 13 de enero de 2018

Becqueriana / 126



El silencio es un vendedor ambulante que extiende en el suelo una sábana con los cachivaches que ofrece. La campanada de un cuarto. Un ladrido lejano. El piar incansable de los vencejos. El llanto de un bebé. Un maullido. La furgoneta del panadero, que tiembla como si un camión la hubiera pedido en nupcias. Al despertar, nos quedamos embobados antes su despliegue de mínimos sonidos. Tan breves, otros hechizan. El latido de un corazón. El chasquido de un hueso al mover una pierna. El rumor de la piel al rozar otra piel. Dos respiraciones acompasadas. Lo que expone el silencio.

jueves, 11 de enero de 2018

Hay que estar siempre empezando



Porque a Vicente Luis Mora en su edición de La mirada se le ocurrió hacer la lista, y no fue fácil completarla, sé que he publicado desde 1982 treinta y cinco títulos de creación literaria, algunos incluso repetidos (él relaciona 32; La mirada, 33; y después han aparecido en Polibea dos más). No sé si son demasiados. Uno por año de dedicación literaria: eso sí me parece una exageración, no haber desistido nunca de la escritura. De los 35 solo dos se han presentado en Barcelona, dos novelas. Mañana presento en mi ciudad por primera vez un libro de poemas.

lunes, 8 de enero de 2018

Puerto



El chapoteo de la ola bate contra la roca cuando tras el salto las botas alcanzan el muelle. Lo percibe. Y entonces advierte la bofetada del agua a la piedra, lo que de tanto oír, día y noche, el crujir de la madera allá donde imparta el viento su lección de desconciertos, se olvida. La oscilación de la proa sobre el oleaje, el chasquido de las salpicaduras en los cristales de cabina, todo el repertorio sonoro del silencio. Cuando pisa la superficie que no tabalea siente el vértigo de la quietud. Escucha con recelo la ola que no le mece.

viernes, 5 de enero de 2018

El pequeño cuento de la noche de Reyes


En enero el jardín recibe cartas del invierno, pero nunca las lee. Deja que se amontonen sobre la estera de la puerta, con descuido. Un día, me digo, las abrirá una tras otra. Qué hermosa jornada, tanta correspondencia. La víspera de Reyes lo que se acumula son personas frente a las cajas de los comercios. Por eso me he venido aquí, lejos del bullicio. Algunos niños corretean en los columpios y las cuidadoras forman un círculo ciego junto a la tapia. Me he sentado en este banco y al poner la mano: la cubierta de un libro. Olvidado. ¿Mi regalo?

miércoles, 3 de enero de 2018

Bicicleta



El neumático es casi redondo, pero en la parte que roza el suelo se une a la llanta. Es el aire que ya no está dentro el que primero dice. Luego la cadena se afloja, con el tiempo, pierde la condición rectilínea de la tensión. Dibuja la imagen del cansancio y eso es lo que su negación del movimiento afirma. El metal se oscurece con el polvo. Una infección de tonos parduzcos recubre la osamenta cilíndrica. Lo manifiesta con unas motas cobrizas que enferman el brillo primigenio del manillar. La locuacidad del abandono crece. Nada hay que hable tanto.

lunes, 1 de enero de 2018

Pequeño cuento de Año Nuevo



Un charco de raso rojo en el suelo. Lo reconozco, mi vestido. Pero no el pavimento que lo rodea. Baldosas antiguas con cenefas granates y fondo gris. Alguna desajustada. No recuerdo haberlas pisado nunca. Un destello de charol asoma bajo la cortina. También lo reconozco, mi zapato. ¿Habré estado bailando descalza aquí? Pero, ¿dónde es aquí? Una sensación de descuido de repente me agobia. Paredes desconchadas, algunos pósteres de cantantes antiguos, descoloridos, con las puntas vencidas. Un colchón en el suelo, donde, por cierto, acabo de despertarme. Sábanas arrugadas, mantas raídas. ¿Quién vive aquí? ¿En esto consistirá el Año Nuevo?

viernes, 29 de diciembre de 2017

Bye, bye 2017



—¿Te acordarás de mí?
—Claro. Siempre. Has sido un año inolvidable.
—¿De verdad?
—Claro, muchacho. Un año, no sé, fantástico.
—Gracias. Me enorgullece eso que dices.
—Un año, buf, impresionante.
—¿He sido diferente?
—Claro, una pasada de diferente. Un montón. Un año chanchipiruli.
—¿Y te acordarás de mi nombre?
—Claro, colega. ¿Cómo voy a olvidarte con lo que has sido para mí, para todos? Qué pasada.
—Cómo me alegra lo que dices.
—De corazón, tío.
—Es que ya ves. Me voy.
—Claro, de eso va. De irse y volver.
—Dudo que vuelva.
—Pues mejor, para lo que hay que ver.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Becqueriana / 125



Atrapan la luz, la concentran. Dibujan un círculo de círculos alrededor del cuello. Le gusta abrocharlo. Desabrocharlo. La precisión del mínimo mecanismo. La piel, ahí, tan cerca. La torpeza. Cuanto más torpe, más tiempo entretenido en la nuca. El roce de la melena. Su cosquilleo. Los dedos. La música de la mañana. Al abrochar el collar. La música del atardecer al desabrocharlo. Se baila así, él a su espalda, entretenido en lo minucioso, ella delante, paciente. Con paciencia. Círculos trazando en el cuello un círculo de luz. Del esplendor que se refleja en unos ojos, cuando se dan la vuelta.

martes, 26 de diciembre de 2017

Becqueriana / 124



En la mano, mientras sube la escalera, atraviesa los rellanos, afronta un nuevo tramo, y después otro, y más puertas cerradas y las voces opacas que llegan de los pisos. En la mano, cuando busca las llaves dentro del bolso y tintinean en la otra mano, con la que da dos vueltas a la cerradura y la puerta se abre. Y se cierra. En la mano, mientras se descalza, cada pie con el pie opuesto, y busca las zapatillas de andar por casa, y apresurada deja llaves y bolso. Y también la carta, un instante, solo para quitarse la gabardina.

sábado, 23 de diciembre de 2017

Becqueriana / 123



De todas las cosas que he sido —o he querido, como quise ser máquina ferroviaria, en el final de la infancia, tal vez para que me llevara a otra vida; luciérnaga, durante unos años melancólicos de la juventud; libro impreso en papel biblia, muchas veces, cuando escribo o cuando leo—, de todo lo que he deseado ser me quedo con lo que soy. Lienzo. Un lienzo en blanco. Un blanco ahuesado, en calma, cuya única virtud es sentirse ávido de formas y de colores. Las formas que dibuja el pincel de una mano sobre la piel. Todos sus colores.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Elecciones


El día de las primeras elecciones de la transición, en el 77, tuve mi primer empleo. Pagado. No pude votar, pero sí trabajar. Le esperábamos de madrugada, no sé muy bien dónde, cuatro muchachos. Sí recuerdo a mi jefe de equipo. Pantalones acampanados, chaleco y gruesas gafas de pasta. Conducía un 1430. Hablaba poco. Ese coche me gustaba y no conocía Tarragona, nuestro destino. Me pasé todo el día vagando. A las ocho teníamos que estar en la constitución de las mesas. Y por la noche, acabado el recuento, solicitar una copia. Era más de medianoche de junio. Regresamos durmiendo. 

martes, 19 de diciembre de 2017

Dietario de sensaciones, 40



El país de las sensaciones se extiende por llanuras verdes, montañas a lo lejos, una costa agreste y cielos profundos en los ojos de quien los cierra. Un sendero humilde zigzaguea entre encinas. Un mesón apartado con mesas de madera, una flor en el centro, manteles a cuadros y olor al fuego que en la cocina dora los alimentos. Junto a la jarra del agua se deja el mapa que conserva las dobleces de ir en el bolsillo. El territorio de las emociones está poblado por aldeas con casas de piedra e iglesias antiguas en cuyo interior resuenan los pasos.

sábado, 16 de diciembre de 2017

Dietario de sensaciones, 39



La melancolía es blancura que en las mañanas de invierno congela el paisaje. Es arenal que se extiende allá donde la vista alcanza. Es una persiana cuya cinta se ha soltado cuando estaba bajada. Es un reloj que señala una hora que no es la hora y que avanza hacia una jornada incierta. Es una bombilla que se ha fundido. Pero la melancolía es también la bombilla de repuesto que aguarda en el armario. La pila que el relojero cambia. La cinta que de nuevo se sujeta. Las olas que rompen a lo lejos. El sol que deshace el hielo.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Dietario de sensaciones, 38



Porque me interesan las metáforas, me gustan las manos. La única piel que no sabe guardar silencio. Con guantes en mañanas gélidas o pizpiretas bailarinas las tardes del verano, no descansan nunca. Tampoco hay apariencia que las engañe. Interpretan la realidad con la misma precisión con la que una pianista lee la partitura de una sonata. Y como la música, destilan armonía. Belleza y sentido. Se diría que dirigen el ritmo del paisaje: con un gesto el río fluye; con otro, el pájaro emprende el vuelo. Las manos, siempre didácticas, enseñan en su perpetua academia la caligrafía de las emociones.

martes, 12 de diciembre de 2017

Dietario de sensaciones, 37



Estoy a la espera. La tarde se enreda en sí misma y esparce azules luminosos entre los edificios. Me entretengo desenredándola mientras aguardo que empiece el tiempo en el instante en el que aparezca por la puerta. Trato de desenmarañar los nudos que han hecho los transeúntes en sus rumbos desorientados. O de destrenzar los ruidos del tráfico que se han acumulado en el aire sin voluntad. Son distracciones de quien espera y busca descubrir un sentido en la realidad que le rodea. Hasta que aparece y los propósitos se quedan junto al revoltijo en el que se habían convertido.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Coro de ausentes | YEDRA


La luz se desentiende en ocasiones
de iluminar y las paredes
languidecen, flor que se quedó
olvidada en el vaso seco.
Inarmónicos, los sonidos huyen
del lugar que los lanza y corren
confundidos por el pasillo
sin encontrar dónde caer exhaustos.

Son tardes en las que parece el tiempo

ceniza acumulada sobre
el círculo donde ardió la hoguera.
Cierro, entonces, los ojos.
Para ver, dejo de mirar. La luz,
tal como quiero contemplarla,
le dibuja lunares al sendero
bajo la umbría. Y para oír
lo que no oye nadie,
el canto de los pájaros que vuelan
de copa en copa.

jueves, 7 de diciembre de 2017

Coro de ausentes | ÑAQUE


Unas cuantas palabras,
monedas dentro del hatillo
del vagabundo, bastan.
Las mismas, pocas. El aroma
a pan recién cocido,
la luz entre la fronda
una mañana de septiembre,
las campanadas de una ermita
al atardecer. Siempre ahí:
la fragancia de flores en el claro,
el crujir de una hogaza
al partirla, la luz que un ventanuco
filtra en el interior de la iglesuela.
Las palabras que expresan todos
los sentidos. Aquellos
que hay y los que la imaginación
crea. El olor de cirios apagados.
El concierto del bosque silencioso.
El bulto de los panes en la mesa,
su tenue resplandor.

martes, 5 de diciembre de 2017

«Paseo», de Jesús Aguado. En Luces de Gálibo



Aprendimos a pasear más o menos la misma tarde otoñal, a un lado y al otro del Atlántico. A uno y otro lado, también, de la civilización. Thoureau nos acompaña por los densos bosques de arces y Baudelaire nos enseña a vagar por la densa miseria en la cara oculta de la ciudad. Desde entonces, pasear es resolver un enigma. Jesús Aguado pasea por el campo y anota. Su mirada se detiene en lo que no se ve. En lo que no requiere tiempo. El lápiz, con idéntica levedad: «Escribo un haiku / en el arroyo breve / y se lo lleva».

domingo, 3 de diciembre de 2017

Encomio del charco


Me ve llegar, despacio, una sombra que las farolas iluminan y ensombrecen al caminar. Observa cómo paso junto a él, mirando a ninguna parte, ajeno al leve brillo con el que me retiene un instante sobre su cristal. Me ve alejarme calle adelante, un abrigo y una bufanda, las manos en los bolsillos, mientras una farola me alumbra y la siguiente, un poco más allá, ya promete un aluvión de luz. He sido un pensamiento suyo durante un momento, en la efímera vida que la lluvia de la mañana le ha dado. Acaso, este día, el más duradero y auténtico.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Coro de ausentes | QUIEBROS


Dibujos de la luz sobre la hierba
y sobre la arena.
Lápiz que traza líneas y curvas
y la goma las borra poco
a poco para que sombree
los objetos de nuevo en otras caras.
Y una vez atezado
el espacio, lo vuelve a corregir.
Suprime y se contiene.
Y no se cansa nunca en su tarea
de dibujar el aire.
A veces, por debajo de las copas
distribuye lunares sin rayar
que al instante siguiente cambian
de sitio. Dibujante inquieta,
a la intemperie, cuelga
sus obras en cualquier lugar.
También en el museo.
Y en los lavabos del museo.

martes, 28 de noviembre de 2017

Becqueriana / 122



Chapotea el agua contra la loza en la ducha. Ecos de una música suave llegan desde la radio. La cafetera está a punto de bullir y la tostadora se transforma en un verano para las rebanadas del pan. He dividido una mandarina en gajos que te esperan, todos menos uno, que ya no está. Abro el tarro de mermelada de arándanos y la luz enciende con abulia el día, como si fuera otro día más. Pero apareces en albornoz en la cocina y cafetera, mandarina, pan de centeno y yo nos damos la vuelta para ver cómo detienes el tiempo.

sábado, 25 de noviembre de 2017

«La librería», una película de Isabel Coixet


Hay un único destino posible. Ser uno mismo. No está escrito, cada uno lo escribe. A veces con trazo seguro y abundante tinta en la pluma, otras arañando el papel con el plumín seco. A veces con letra clara, otras con caligrafía imposible. Nadie lo escribe por otro, pero a veces ocurre que alguien o algo molestan la escritura, incluso impiden que se escriba. A diferencia de los clásicos, que padecían el grafómano oráculo de dioses prepotentes de autoría, la tragedia contemporánea prende cuando no se puede cumplir un destino por el antojo o mala fe de otro ser humano.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Becqueriana / 121



Solo es eterno el instante, la hora, el día. La eternidad es una magnitud del tiempo, que únicamente en el tiempo es capaz prender, crecer, extenderse. No hay nada eterno que dure más de un instante. Son los instantes los que, revitalizándolo, convierten en eterno un sentimiento. Cada despertar reanuda lo que se ha convertido en eterno cuando se le entregan los instantes. El momento en el que se piensa. Las horas durante las que arde en el deseo. El día que cada día se dedica a mantener viva una emoción. Una cenefa en tinta dorada que no conoce final.

martes, 21 de noviembre de 2017

Becqueriana / 120



Un disco que continúa girando cuando la aguja ha llegado al final, el tiempo. O cuando, en el inicio, nadie la ha colocado aún sobre el vinilo. Sin sonido, sin música, sin alma. Da vueltas. Es lo que mejor sabe hacer. Lo único. Y en ese rodar ciego, nosotros. Construimos el tiempo con el sonido de las palabras, con la música de los cuerpos, con el alma de la respiración. Un tiempo que abra los ojos y vea. Que sepa detenerse y avanzar. Que se ajuste a las sensaciones en lugar de a las horas y minutos. Un tiempo íntimo.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Becqueriana / 119



Solo algo de lo que decimos lo dicen las palabras. Una parte, no sé, «un tanto por ciento» dirá algún filósofo del presente, es decir, cualquier periodista o cualquier economista. Nosotros no decimos nada sobre lo que hemos dicho, simplemente decimos. A veces con palabras. Otras, las más locuaces, con gestos, sonrisas, apretones, miradas o caricias. Casi siempre las más, diría. Con la respiración decimos. Con el aroma del cuerpo. Con el tacto de los dedos. Con el baile de los brazos. Con el lenguaje adusto de las piernas. Y en ocasiones, también con palabras repetimos lo que hemos dicho.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Becqueriana / 118



La mejor biblioteca, un banco en el jardín público. Una pareja sentada frente a un único libro. Una mano sostiene las hojas que han leído; la otra, las que quedan por leer. A veces uno pregunta por una palabra, o le pide con un gesto que aguarde un instante a que acabe un párrafo. Son como notas a pie de texto que le añaden a la página que leen. En otras ocasiones canta un pájaro entre los árboles y se incorpora también a la lectura. Luego, cierran el libro, se levantan y de camino van explicándose lo que han vivido.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Coro de ausentes | ORACIONES


La ventana del cuarto me lo muestra.
Lo dibuja la luz con pulso firme,
la claridad lo colorea
con manchas de pintor impresionista
sobre un lienzo de arena.
Lo enseña, pero no lo entrega.
El espacio. El olor a tierra húmeda,
hojas dispersas por el cauce,
destello de limón maduro,
fragancia de las rosas
cuando amanece, sinfonía
caótica de pájaros, canción
de la lluvia en las cañerías
y en los cristales. El espacio
está en mí
aunque no lo posea. En mí pervive
si lo contemplo desde esta ventana.
No me muestra lo que estoy viendo,
sino aquello que soy.