viernes, 20 de enero de 2017

# 572


Es el espacio el que crea las palabras. Son el espacio y el deseo. Lo que rodea, lo enmarcado, lo que fluye cuando pasa la corriente río abajo y alguien se queda contemplándola desde el puente con el pensamiento absorto. Lo que dice entonces, esa expresión. También la que se pronuncia sin acertar a veces en el sonido, entre los cañaverales, a mitad de un abrazo, cuando los dedos se esparcen por la nuca y la mano se aferra a la cintura. Una palabra, casi gemido. Lenguaje con el que se comprende lo incomprensible. La vida, quizá. Cauce y anhelo.

miércoles, 18 de enero de 2017

# 571


Solo me sosiego cuando descubro que no importa si la casa donde estuve cenando esa noche era en este o en aquel edificio, en esta o aquella manzana, ahí o en otra calle, tal vez en esta vida. Si el Café donde tantas tardes humearon amontonadas como la hojarasca abría sus puertas aquí o era más allá, quién sabe, si después de que el hábito me condujera durante tantos años ahora ya ni siquiera soy capaz de determinar un punto, ni pensándolo. Pero en realidad, tampoco importa, porque el pasado pertenece a la imaginación. Es el contenido de la fantasía.

lunes, 16 de enero de 2017

# 570


Los sueños empiezan al despertar. Despliegan la energía necesaria para ponerse en pie. Desde el espejo le recuerdan a la persona que mira quién es. Porque un sueño exige a alguien que lo sueñe. Con voluntad, con carácter, con convicción, con insistencia y con alegría de soñarlo. Son la luz que vierte la ventana sobre el pensamiento con el propósito del pintor que elige sus símbolos en la paleta de los colores claros. La armonía que se distingue y recrea entre los sonidos. Las palabras con las que se comprende cuanto acontece. Es la certidumbre de que la vida existe.

sábado, 14 de enero de 2017

Maga Losnay, dietario # 569


La vida está fuera y está dentro. Está en lo que transcurre y en lo que no ha ocurrido. En las conversaciones y en los silencios. Aparece donde todos la buscan y donde nadie se imagina que pueda estar. Se piensa la vida como una línea ferroviaria cuyas marcas sean estaciones donde se sube o baja. Nada más extraño a la vida. También los trenes corren por ella, pero la vida vive, sobre todo, por debajo y por encima, a ambos lados, muy lejos o extremadamente cerca. Es aquello que late en una palabra, en una mirada, durante un instante.

jueves, 12 de enero de 2017

Sombra C


Pensó que había tratado con sombras, o tal vez con frases pronunciadas por alguien que en realidad no era nadie. De aquel momento solo quedaba, sin embargo, lo que le habían dicho. Lo que había escuchado, aunque confundiera qué con quién. Ni siquiera un rostro ligado a una expresión. Ni siquiera un rostro ligado a nada. Sombras diluidas en la súbita llegada de un anochecer invernal. Si se hubiera ausentado el tiempo, podría no darle importancia. Amontonarlo en el desván de lo que ha pasado como si no hubiera ocurrido. Pero con tantas frases, bloques de hielo en el deshielo.

martes, 10 de enero de 2017

Sombra B


Una idea es la sombra de una voz. Estaba a punto de copiar en twitter esta frase que creía elocuente cuando recordé algo. Iba por un sendero lleno de guijarros. La molestia que notaba al andar y el rechino que producían mis pasos me incomodaban. Descubrí junto al camino una senda de arena cuya calma supuso un alivio. Aunque mi sombra se extendiera a lo largo de los guijarros, no la oía. Pensé, ¿existe un silencio más acendrado que el de la sombra de dos personas que hablan? ¿Que el de la sombra del orador contra la pared? La borré.

sábado, 7 de enero de 2017

«El sujeto boscoso» / Secuela y 3 / Sombra A


Si al observar el trazo que realiza sobre el suelo o el pavimento se considera la sombra como charco, entonces cabría definir la presencia como lluvia. Al igual que la lluvia obliga a comportamientos inhabituales del sujeto, que ha de abrir el paraguas, en el caso de que disponga de uno, o en su ausencia, ha de modificar el paso, la ruta, la posición del cuerpo y de la ropa y, sobre todo, la desatención de la mirada hacia cuanto no sea lluvia, así también cualquier presencia condiciona lo que ocurre. Y la sombra —el charco— será su olvidadiza memoria.

jueves, 5 de enero de 2017

Pequeño Auto de la noche de Reyes


—¡Que envoltorio más bonito!
—¿Para quién es, mamá?
—¡Y qué grande! ¿No es un poco demasiado grande este paquete?
—Sí, sí. Pero ¿qué pone en la tarjeta?
—A ver, a ver…
—Seguro que no es para mí.
—Aquí hay un nombre…
—¡Qué nervios!
—Aquí hay escrito un nombre, es verdad.
—Dilo ya, mami, porfa.
—Aquí pone… chan, chan… ¡Luisito!
—¡Es para mí!
—De parte de tu tío Jorge, pone en la tarjeta.
—¡Qué bien, qué bien!
—Tranquilo. No lo rompas todo.
—Mami… es… un monopatín.
—Sí, es muy chulo.
—Ya.
—Es muy… nuevo.
—Sí, pero ya tengo uno. Mi monopatín.

martes, 3 de enero de 2017

Becqueriana / 98


Los cuerpos, las palabras. Tan opuestos como parecen y sin embargo tan idénticos. El cuerpo frente al espejo abre el cuaderno de las palabras. Las palabras caligrafiadas en la piel despiertan al cuerpo, lo arrancan. Tan semejantes. Un cuerpo escribe con sus sensaciones las palabras más intensas sobre otro cuerpo. Su prosa memorialista desgrana en una caricia lo vivido y en un clamor condensa lo que siente. Una palabra provoca en la piel sensaciones que solo los cuerpos saben deletrear. Su lirismo estremece. Cuerpo y palabra, regalos del tiempo, los únicos que saben silenciarlo. Que le dan sentido al lugar.

domingo, 1 de enero de 2017

Año (dicen) Nuevo


—Bueno.
—Sí… bueno.
—Ya está.
—Sí, está.
—Aquí. Ya está aquí.
—Sí, aquí.
—Ya hemos llegado.
—Sí, hemos llegado.
—Ya podemos decir que hemos llegado.
— Sí señor. Hemos llegado. Aquí.
—Bueno.
—Sí, qué bueno.
—Bueno… mi «bueno» no era ese. No era «qué bueno». Era: «bueno».
—Ah. Sí… bueno.
—No era qué bueno.
—Era… bueno.
—Exacto. Ahora sí. Ya hemos llegado.
—Sí, hemos llegado.
—Bueno.
—No es qué bueno.
—No.
—Ah, ¿no estás contento?
—No puedo saberlo.
—No puedes saberlo.
—Exacto. Por eso digo «bueno». Bueno, ¿y ahora qué?
—Pensé que estabas contento.
—No.
—Pensé qué bueno que habíamos llegado.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Bye, bye 2016


Me voy, has dicho y te he mirado con indiferencia. Esperaba algo más de este momento, has añadido sentencioso. Como si una cámara te estuviera grabando. Al fin y al cabo, hemos estado un tiempo juntos. Ni siquiera me has arrancado un trivial gesto de asentimiento. Pero has insistido, acaso plantando unas semillas de rencor: Hay cosas que no te hubieran ocurrido sin mí y que ahora lamentarías no haber hecho. He estado a punto de explotar, pero me he prometido que no replicaría nada. He continuado en silencio. Algo de cariño, o piedad. Eso quería. Y te has ido.

martes, 27 de diciembre de 2016

El cuento de un Cuento Navideño


Al salir de Charing Cross las locomotoras embetunan el rectángulo de cielo que el muchacho contempla a través de la claraboya como única noticia del día, desde la embetunada madrugada hasta la noche embetunada, cuando por fin sale, molido, de la fábrica de betún Warren. No tiene aún los doce años, aunque él lo afirme, y ha de subirse a un taburete para alcanzar la mesa donde encola etiquetas. Taburete que le libra de caminar todo el día con los pies mojados por el agua que el río cuela en el almacén. Le llaman «Charles, enano», él mira y sonríe.

domingo, 25 de diciembre de 2016

25 de diciembre


De la Navidad han quedado en mí recuerdos que nunca he vivido. Copos dulcemente revoloteando en el aire. Árboles blancos, calles blancas, gorros de piel con orejeras. Las películas. Las obligatorias en el canal único, también las que se veían en familia, en silencio para asistir a una conversación ajena, nunca sostenida por ninguno de los presentes, pero escuchada por todos. Como esa nieve que añadía puntitos blancos a la pantalla y nunca apareció tras el cristal, aquellas emociones desmesuradas, aquellas lágrimas en el momento del perdón. Huecos sentimientos que con el tiempo han creado vacíos en las vivencias actuales.

viernes, 23 de diciembre de 2016

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Tiempo después ya iba solo a la feria. A primera hora, con la pista de los autos de choque vacía, uno de los empleados, enfundado en un mono azul lleno de grasa, seguramente muy joven aunque me pareciera un adulto, nos juntaba a los chavales del barrio para contarnos sus aventuras. Ahora sé que solo era el tópico del marinero que tiene en cada puerto un amor. Algo más explícito, quizá. Escuchábamos en silencio sus explicaciones. Le oía sin tener ni idea de qué hablaba, pero entendiéndolo. Mi yo se adiestraba, ya sin contrariedades, en el gusto por lo ininteligible.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

o so


Años después me permitieron subir a los autos de choque. Como no había que elegir mi yo lo agradecía. Solo necesitaba salir corriendo tras el toque de bocina y conseguir un coche sin conductor antes que los demás. No era difícil. Por la tarde, cuando me dejaban montar, no había excesiva concurrencia. Al volver a sonar la sirena, uno apretaba el pedal del acelerador a fondo y… Se diría que la gracia estaba en lograr una buena colisión. Pero a mí lo único que me gustaba era conducir, zigzaguear, sortear coches y rehuir lo que a todos entusiasmaba. Segunda contrariedad.

lunes, 19 de diciembre de 2016

«El sujeto boscoso» / Secuela 2 / Yo soy


Mi yo aprendió a ser mío en el tiovivo de la feria que instalaban cada año en un descampado del barrio. Cuando sonaba la sirena y se detenían, abandonaba la mano de mi madre y corría a elegir dónde ser yo sobre un artilugio del carrusel. Los caballos, que bajan y subían, nunca me interesaron. El camión de bomberos era atractivo, sí, pero demasiado disputado. Escogía siempre una especie de jeep destartalado que, si no iba yo, rodaba vacío, sin ningún chico al volante. Este fue mi primera contrariedad: ¿por qué aquello que prefería no le gustaba a nadie más?

viernes, 16 de diciembre de 2016

Narciso C


Una de sus fantasías secretas preferidas al entrar en la habitación de un hotel —solía trabajar en la sede, un pequeño despacho al fondo, junto a los servicios, lo que le gustaba porque al cabo del día todos los empleados acababan saludándole, y solo le mandaban de viaje a algún simposio profesional cuando el jefe de su jefe o su jefe no podían o el lugar no estaba a la altura, lo que no le importaba demasiado porque adoraba coger aviones y subir a trenes— era no verse reflejado en el espejo al dejar la llave encima de la mesa.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Narciso B


Nunca había estado seguro de que aquella fuera una opción interesante, y menos cuando vio al tipo del concesionario hablarle meneando un palillo en la boca y supo que el taller estaba a varios kilómetros, o que el descuento que anunciaban en el periódico se había quedado enseguida en nada. Tampoco la marca le ofrecía fiabilidad, pero mientras se preguntaba qué hacía en aquel lugar y debatía con su propio error, se vio, sin saber cómo, delante del modelo. Quiero decir, se vio a sí mismo allí, de pie, reflejado en la chapa metalizada. Y no pudo decir que no.

lunes, 12 de diciembre de 2016

«El sujeto boscoso» / Secuela 1 / Narciso A


Ha dejado las gafas de sol sobre una piedra. El móvil, al lado. Se quita la camisa, sudada, y la extiende sobre unos matorrales para que se oree. Al acercarse a la fuente de manera instintiva, con la mano, se ordena el cabello y con índice y pulgar se retira de la comisura de los labios restos de saliva reseca. El camino de ascenso hasta el lugar ha sido arduo. Se arrodilla junto al cauce y donde corría el agua le sorprende una cavidad seca en la que solo hay botellas vacías, bolsas con basura y botes de hojalata descoloridos.

sábado, 10 de diciembre de 2016

«El sujeto boscoso», de Vicente Luis Mora


Junto a los cuadros, en la pared de la Casa Museo, enmarcado en negro con cenefas esculpidas en la madera, un rectángulo de latón, y dentro, el movimiento de sombras de los visitantes, machas que solo se distinguen por el color de una vestimenta o el volumen del cabello. Pieza del siglo XVII, choca con las pinturas que le rodean. Un bodegón donde frutos parecen perder frescura cada día que pasa. Un retrato que no oculta ni un solo atributo del cansancio. Y sin embargo, frente a frente, el latón solo devuelve fisonomías de fantasma. Como se mira la realidad.

jueves, 8 de diciembre de 2016

«El bajísimo», de Christian Bobin


Bajo la maleza se mueve con estrépito de hojas un roedor huidizo cuando el cayado abandona el cuidado del mendicante y queda atrapado entre los matorrales tras un rumor de ramas. La sombra de la encina apacigua. Basta extender la mano para entretenerla con sus frutos. El camino que le ha traído hasta el lugar, lo alejará. Sin nombre, sin que alguien haya incrustado una piedra y luego otra, lo despreciará la memoria. Cuando se levante para continuar, el lugar volverá a ser de nadie. Y sin embargo, con qué suavidad lo tamiza la luz y lo airea la brisa.

martes, 6 de diciembre de 2016

«Trenes». Litoral nº 262


Cuando se inventó el ferrocarril los poetas realistas descubrieron una metáfora para el paso del tiempo. Los días serían las estaciones de un viaje que no admite descansos. Muchas veces, sin embargo, se tiene la sensación de que los días pasan, sí, pero que uno sigue en el andén esperando el tren al que ha de subirse. Que es el tiempo el que transita, como un expreso pasa por las estaciones sin siquiera aminorar la marcha y uno lo ve pasar sentado en el banco junto al inútil equipaje de quien no consigue alzarlo hasta la plataforma de ningún vagón.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Therigatha. Edición de Jesús Aguado


Mettika vuelca el cuenco donde penan las limosnas y ya vacío, lo ve lleno. Sama anduvo veinticinco años detrás de sí, igual que una sombra, hasta encontrarse. Uttama medita siete días en posición de loto y al levantarse la jornada había despejado sus brumas. Addhakasi gana con su cuerpo cada noche una moneda menos y empieza a comprender. Sukka se sienta a predicar en las tabernas, llueve sobre las rocas. Soma está convencida de que la verdad no tiene género. Vasitthi duerme en el vertedero angustiada por la pérdida de su hijo. Vijaya cierra los ojos para ver más allá.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Biografía de la mirada (& VIII)


Solo con un aumento consigue verlas, mientras caligrafía las letras sobre el cuaderno, pero con el cansancio a veces abandona la lupa a un lado, sobre la mesa, ensanchado grietas y manchas antiguas, y escribe de memoria. Al amparo de la niebla perpetua de su vista. Y cuando han quedado ahí, en el papel, las palabras desaparecen de su cabeza volátil, tan suya como en ocasiones propiedad de un desconocido. Ahí permanecen para quien quiera leerlas, pero no para él, que las repasa, lupa en mano, una y otra vez, sin identificar trazos ni nociones, inútil paleógrafo de sí mismo.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (VII)


Tras colgar —se había sentado en el banco de una plaza silenciosa, lo más lejos del fragor del tránsito que pudo hallar— dejó de ver el teléfono, el bolso, el banco, la plaza, la calleja que desembocaba en la avenida, la avenida, los autobuses, la multitud y el trámite que movía sus pasos en el momento anterior a que sonara. Tuvo la impresión de que aún existía por el interés que despertaba entre las personas que, sentadas en los otros bancos de la plaza, la observaban con disimulo mal enmascarado. Pero por mucho que la miraran, había dejado de verse.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (VI)


Espera en la esquina del estanco y me acompaña hasta la parada del autobús. No es gran cosa lo que se puede ver a aquella hora. Empleados con las manos en los bolsillos, obreros con el bocadillo bajo el brazo, estudiantes con las mochilas a la espalda, mujeres cabizbajas. No sé de dónde se saca lo que contempla. Trae a su conversación lo que lleve en mente, pero tampoco es capaz de decirlo a las claras. Has visto este, mira la otra. Me abate con su resentimiento. Enmaraña de suspicacias la franqueza del momento, la luz tenue de la mañana.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (V)


Ha llovido. Las pisadas dejan una huella en la tierra reblandecida, pero en seguida las hojas se apresuran, con cada golpe de viento, a ocultarlas. Hojarasca que va trenzándose con amarillos en lo que un día debieron ser unos ojos vivos, anhelantes, que ahora contemplan el rectángulo negro de la ventana dentro de un vagón de metro. De las ramas se desprenden gotas que caen en el charco de una mirada. Se abriga el cuello con el chal donde la multitud se arracima. No refresca aquí ni en lo que esté pensando, sino en la mirada misma, en su intemperie.

martes, 22 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (IV)


Si aquel mira, si este mira, si el de más allá está mirando, he de cerrar los ojos para ver. Porque mantenerlos abiertos no sirve ya para distinguir lo que hay, sino para establecer solo un orden. De qué me vale que el de más allá mire, este mire y aquel esté mirando si el cauce común conduce a lo explicable. Si entre todas las miradas componen un acuerdo al que denominan realidad sin la menor objeción. Usan la vista para reconocer lo que ya han visto que hay, no para imaginar lo desconocido. A tientas avanzo hacia lo inexplicable.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (III)


Ya sé que era solo la cocinera, pero la casa estaba apartada y el verano era tan inacabable que allí todos parecíamos importantes. Pasaba la mañana condimentando alimentos y por la tarde limpiaba los fogones. Si salía al jardín, avanzaba cabizbaja, con grandes zancadas. Como si tuviera prisa. La sujeté por el hombro. Le dije que mirara hacia las montañas, el verdor azulado de los pinos, los pastos aún frescos, las crestas de granito descarnado. No levantó la vista de los guijarros del sendero. Solo hay un paisaje, me respondió. ¿Y esta maravilla? Una postal que nadie me ha mandado.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (II)


Podía no ver a nadie, aun mirándole a los ojos. Se cruzaba por los corredores sin responder a los saludos aunque a menudo caminara hablando, consigo misma o con el vacío que la acompañaba allá adonde fuera. Cara de persona solitaria, gesto abandonado, nunca se le vio, ni aquella tristeza que empalidece las facciones. Andaba siempre alegre, puro júbilo que no compartía. La rara, la llamaban las demás, la chiflada. Cumplía sus tareas y al final de la jornada, cuando las hermanas parecían rezarle a un padre autista, secreteaba ella con otro juguetón y comprensivo. Un dios igual de lunático.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Biografía de la mirada (I)


Voy de la mano con mi padre por la Calçada da Estrela contando los tranvías que suben y los que bajan. Le miro y sigo buscando qué miran sus ojos, que no se posan sobre nada que vea yo delante. Voy contemplándome en el reflejo de los escaparates de las tiendas por donde pasamos y admiro una y otra vez el vestido que llevo puesto y que tanto me gusta, pero que mi padre no parece advertir. Voy saltando en el empedrado por encima de bichos que ahora solo ven mis ojos y cuando reclamo los suyos tampoco los encuentro.

lunes, 14 de noviembre de 2016

Becqueriana / 97


Desde lo alto, la ciudad es el juguete de una niñez que creció en exceso para jugar, y lo hizo además demasiado pronto. Un entretenimiento que los años convierten en trasto arrinconado. Un bulto coleccionista de polvo que un día se encuentra con sorpresa buscando espacio para guardar otra cosa. Desde la calle, la ciudad es la sorpresa que devuelve la vida al juguete perdido: las manos juntas, la tarde sin rumbo, la navegación a merced del viento y de un café en mesa de mármol para dos como único fin de un deambular erudito solo en pasos felizmente perdidos.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Becqueriana / 96


La tarde trae nubes con historias por contar. Hay quien las espera y observa el cielo, cada día, por descubrir en su blancura u oscuridad el hilo que conduce a un acontecimiento que no ha ocurrido. Las nubes hablan siempre por los codos. Las lóbregas, embozadas, antipáticas se acuerdan de quienes al cruzar frente a un charco lamentan no haber saltado sobre su cristal. Las blancas, orondas, felices acompañan la aventura de quienes con las manos entrelazadas transitan distraídos por las calles. Los cielos de otoño convierten a los visionarios en lectores de nubes. Las detienen, las contemplan, las escuchan.

jueves, 10 de noviembre de 2016

«Que todo en la vida es cine», de Toni Montesinos


Acierta Toni Montesinos (1972) al plantear la crítica cinematográfica desde la biografía. Desde fuera, primero, porque ir al cine ha sido —no sé si aún lo sigue siendo— un momento de especial intensidad: lo que se hacía el domingo, donde se iba con amigas y amigos, con la persona amada… Evocar una película es revivir el momento de ir a verla. Pero también desde dentro. La identificación que las tramas proponen al espectador no es un ejercicio gratuito, tantas veces será un modelo para sus actos cuando la vida se haya vuelto incomprensible. Desde ahí Montesinos cuenta sus pelis favoritas.

martes, 8 de noviembre de 2016

Dietario de sensaciones, 22 (Sonido)


El graznido del despertador antes del amanecer, el salpicar del agua en el plato de la ducha contra los azulejos, la llamada también olorosa del café que sale, el fragor de la ropa al entrar en contacto con el cuerpo, la puerta al cerrarse, los escalones que dan las horas al bajar, las sirenas ferroviarias a lo lejos, el estrépito de habitación de adolescente del tráfico, el chirrido de los frenos del autobús, el aire comprimido de la puerta al abrirse, su motor cuando acelera, el griterío cruzado entre colegiales, la vibración del cristal. Extraña conversación la de cada día.

domingo, 6 de noviembre de 2016

Dietario de sensaciones, 21 (Carta)


Una carta es una caja de acuarelas. Los dedos que la escriben, el pincel; y los ojos que la esperan, un cuenco de agua. Las palabras son pastillas, cada una de un tono diferente. Y cuando la mirada las lee y los labios las pronuncian en voz baja, colorean el presente de quien las ha recibido. Las cartas irisan la grisura de los días. Los llenan de viveza. De naranjas recién brotadas del árbol, de amarillos cuyos destellos lanza el cristal de las ventanas, de azules que descansan sobre los hombros. Tinte que jaspea las horas, que les da sentido.

viernes, 4 de noviembre de 2016

Dietario de sensaciones, 20 (Huerto)


F.C. In Memoriam
Unas simientes que ocupan el cuenco de una mano. Granulado ya reseco que una tarde las mismas manos extrajeron de un fruto con la punta de una navaja. Semilla a semilla, y que se quedó luego al sol, sobre un papel de estraza, en una tabla. Una azada, sujeta a un palo de madera, que esponjó el suelo, lo labró y luego lo peinó con surcos y montículos que retuvieran la tierra y el agua. Una azuela con la que abrir un hueco en la tierra y depositar las simientes. Luego taparlo. Regar. Ir regando cada atardecer. Saber cómo crece.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Mis contemporáneos 05. Juan José Martín Ramos


Cuando lo conocí hacia 1990, en Madrid, época de «Versión celeste», quería escribir solo novelas breves, pero ya había dado un paso hacia lo imposible. Aquella revista mitad literatura, mitad discapacidad. Siempre me ha gustado lo que no existiría si no fuera porque quien lo ha soñado existe. Hoy es el editor más secreto. Acaba de presentar el 61 de una colección de poesía que pronto se buscará con impaciencia. Tengo la impresión de que en aquel primer encuentro dejamos listo —allí sentados los dos, mientras nadie paraba quieto en las calles fluctuantes— el futuro que hoy llamamos pasado.

domingo, 30 de octubre de 2016

1973- «Algo de fiebre»


Un haz de luz. Rabindranath Tagore, el acomodador del cinematográfico, va y viene. Aun con la linterna apagada, en la barba blanca reverberan los colores que devuelve la pantalla y su destello refulge en la oscuridad. Cuando lo enciende, su foco silencia, amonesta, irrumpe. Separa en dos bandos lo que exige disociarse. En la sala, el espíritu; la realidad, en la calle. En el palacio de los sueños todos le respetan, salvo aquel joven espigado y melancólico, Sandro creo que se llama, o lo llaman, que allí donde se siente solo importa lo que, al ocurrir, deja manchas de sudor.

viernes, 28 de octubre de 2016

1972-«Dual»


No se cansa el voluble mar de vestir sus tobillos de muchacha con la seda de la ola. Tampoco de desvestirlos, gesto airado por haberlos confundido de repente, quizá, con el color de la tosca arena. Extraña a la inconstancia, Sophia se inclina para recoger, entre restos de valvas, conchas y óvalos, las lágrimas de nácar que la marea ha olvidado en su paseo nocturno por la playa. Las aprieta en la mano izquierda y le gusta sentir su firme suavidad. Cada fulgor que descubre, entregado por lo incógnito, es el pétreo suspiro de un endecasílabo de Luís de Camões.